ESTÁ LISTA LA CUNA PARA LA PAZ. AHORA VIENEN EL PARTO Y LA CRIANZA

ESTÁ LISTA LA CUNA PARA LA PAZ. AHORA VIENEN EL PARTO Y LA CRIANZA

La sentencia de la Corte Constitucional del lunes pasado le dio el visto bueno al último detalle que había que afinar para el acuerdo de paz con las Farc. Tendremos hacia septiembre un plebiscito con exigencias aterrizadas y realistas, a modo de un parto para que la ciudadanía le de vida a la criatura y así se inicie la crianza o implementación de ese nuevo capítulo de nuestra historia política que parece que vamos a llamar “el posconflicto”.

Columna de Néstor Osuna publicada en El Espectador

Desde cuando se comenzó a pensar en los diálogos de paz, el Congreso de la República ha aprobado varias leyes y reformas a la Constitución para acunar este proceso, sin las cuales habría sido imposible para el equipo negociador mantener las conversaciones y para el Presidente igualmente lo sería suscribir el acuerdo final. Cabe mencionar no sólo esta ley del plebiscito, sino también el Acto Legislativo 1 de 2012, que introdujo las bases de la justicia transicional, y la ley 1779 de 2016, que estableció las zonas de concentración. Todas ellas son hoy en día normas jurídicas vigentes y plenamente vinculantes. También está, por supuesto, el Acto Legislativo 1 de 2016, que crea la vía rápida para la implementación de los Acuerdos de Paz, que ya fue aprobado y publicado, y que comenzará a regir en cuanto los colombianos aprobemos el plebiscito de septiembre.

Es evidente entonces que el Acuerdo de paz no será un acto aislado ni jurídicamente inocuo, sino que ingresará en esa dinámica compleja de creación de normas y de cambios políticos que tienen un objetivo fácil de decir y dificilísimo de hacer realidad: que nos dejemos de matar y que solucionemos nuestras controversias a punta de discurso y votos. Ciertamente había y habrá que modificarle varios huesos al ordenamiento colombiano para dejar atrás la dureza y la crueldad de un conflicto armado incrustado hace décadas en la sociedad y construir a cambio suyo lo contrario, esto es, la paz duradera y estable que todos anhelamos.

Por eso no me asusta que en la sentencia del lunes la Corte Constitucional haya hecho más énfasis en el carácter político del plebiscito que en los efectos vinculantes de la decisión. Creo que la Corte señala adecuadamente que la votación popular es un acto por esencia político, en el que la ciudadanía le señala al Presidente si está de acuerdo con una decisión suya o no, y en democracia esas decisiones están llamadas a tener efectos, pero por supuesto, una votación popular en plebiscito no anula las facultades deliberativas y decisorias del Congreso de la República.

El plebiscito le permitirá a ese Congreso, entonces, tramitar por vía rápida las reformas legales de implementación de los Acuerdos, y en ese trámite no actuará como simple testigo mudo, sino con las atribuciones que la Constitución le otorga, y por supuesto también con los controles que ella establece. Que el resultado del plebiscito no convierta automáticamente en leyes los acuerdos de paz es algo lógico en un estado de derecho con democracia representativa. La decisión popular señala el derrotero pero no arrolla la deliberación posterior ni cierra los debates: es como diferenciar entre el parto y la crianza, que se siguen el uno al otro, pero que definitivamente no son lo mismo.

Para quienes temen que la fase de implementación pueda abrir un espacio de renegociación, hay que  advertir que la experiencia comparada indica que eso ciertamente puede ocurrir, y sería ingenuo pensar que los acuerdos son enteramente inamovibles, pero también es cierto que el propio Congreso ha aprobado ya la idea de que el Acuerdo de paz será una norma de derecho humanitario integrada al bloque de constitucionalidad, lo que le dará una fijeza extraordinaria, y además ha dado varias muestras evidentes de compromiso con la construcción jurídica de la paz.

Profesor de derecho constitucional
Twitter: @osunanestor

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