El Espectador

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Por: Cecilia Orozco Tascón / Especial para El Espectador

Eso dice de su nuevo cargo de magistrado del Consejo Superior de la Judicatura el profesor del Externado Néstor Osuna. Aceptó, sin ninguna esperanza de ganar, incluir su nombre en la terna para reemplazar al renunciado Henry Villarraga, quien se retiró por un escándalo.

¿Por qué un hombre de academia y fama profesional como las suyas aceptó la inclusión de su nombre en una terna de candidatos para ingresar al desprestigiado Consejo Superior de la Judicatura?

Como profesor de derecho constitucional vivo pensando en el Estado y en la democracia. Llevo 20 años hablando de estos temas con mis estudiantes, pero en los últimos tiempos he notado un cierto desaliento en ellos porque perciben que el discurso académico está distante de la realidad institucional, del ejercicio de la política y de la profesión de derecho. Creo que esa sensación fue el campanazo que me hizo pensar en bajarme de la cátedra y, en cierta forma, jugarme el pellejo en un órgano que es clave para la sociedad, porque es el vigilante y juzgador del comportamiento de los jueces y de los abogados.

De todas maneras, supongo que usted prestó su nombre pensando en que no iba a ser elegido por un Congreso que no escoge por méritos sino por intereses.

Créame que nunca pasó por mi mente la idea de “prestar el nombre”, sino la de participar en una elección en la que podía perder, pero quería ganar. El día en que salió la terna tal vez no tenía un solo voto. Y, por supuesto, temía enfrentar el choque entre lo que dicen los libros sobre el funcionamiento de los parlamentos y la práctica de ir a conquistar el voto de los congresistas. Pero estoy persuadido de que, aunque tengan flaquezas, las instituciones terminan respondiendo. Y si hay una elección, de que la única forma de ganar es presentarse como candidato.

¿Cómo hizo para lograr tantos votos en el Congreso: 115 sobre la segunda votación, que fue de 50?

Creo que el hecho de que yo nunca hubiera sido servidor público, ni juez, ni político; representó una especie de “aire fresco” que jugó a mi favor porque estamos en un momento de crisis en el Consejo Superior. También tuvo un tremendo efecto una columna de El Espectador que salió justo el primer día en que fui al Capitolio: esa nota no sólo me potenció la autoestima, sino que suscitó curiosidad entre los parlamentarios que no me conocían por saber quién era ese tipo del que hablaban bien. También me favoreció el hecho de que varios partidos se comportaron como bancadas para la decisión sobre esta elección y eso aumentó la diferencia.

Perdone la pregunta: ¿hizo ‘lobby’ con los congresistas o alguien lo hizo por usted?

Le contesto sin rodeos: me propuse presentarle personalmente mi hoja de vida a cada uno de los congresistas, y quise atender sus preguntas. Esa es una práctica usual en muchos parlamentos del mundo en donde los candidatos a distintos cargos deben responder las inquietudes de los congresistas a veces muy incómodas, en sesiones tanto privadas como públicas. Así que me instalé en el Capitolio durante dos semanas y me dispuse a conocer a los 267 miembros del Congreso. Alcancé a hablar casi con todos.

¿Para decirles qué?

Para contestarles sus interrogantes y para exponerles mis ideas sobre la justicia, el Consejo Superior, y hablarles de mi experiencia profesional. Supe, además, que muchos de ellos, que no me conocían, les preguntaron a algunos colegas por mí. Eso ayudó. Pero permítame decirle que no llamaría esa actividad hacer lobby, sino competir visible y democráticamente por un cargo de elección.

Usted va a llegar al despacho del exmagistrado Villarraga, quien tuvo que renunciar por un escándalo ¿Se sentirá incómodo cuando se siente en esa silla?

Tengo el compromiso de salir del cargo que asumiré dentro de unas semanas, mirando a los ojos a los periodistas que han sido tan generosos conmigo, a mis estudiantes, a mis colegas, los profesores de varias universidades, al rector del Externado, que se asustó el día que me vio en la terna, y, sobre todo, a mi familia, que es gente correcta y hecha a pulso. Le garantizo que voy a poner todo de mi parte para que en cada expediente que tenga que estudiar, quien sea inocente no se le ocurra, ni por asomo, que necesitará envilecerse para no ser sancionado, o quien sea culpable, no le quepa duda de que tendrá que asumir su responsabilidad.

Elude la pregunta sobre la incomodidad de ocupar un espacio que no tuvo buen ambiente…

No me detendré a mirar hacia atrás, pero, en cambio, tomaré las prevenciones para obrar, siempre, de la mejor manera posible.

El caso Villarraga no parece ser el único en la Sala Disciplinaria. Hay cuestionamientos serios sobre algunos otros. ¿Cómo cree que lo recibirán y cuánto campo de acción tendrá usted?

Pues no lo sé. Habrá que esperar a la primera sala para ver qué pasa. Uno podría pensar que simplemente tendré un voto, pero también tengo capacidad de argumentación y conocimientos. No tengo enemistades ni compromisos. A lo mejor eso puede funcionar.

Usted va a ‘heredar’ decenas de procesos que quedaron abiertos en ese despacho. ¿Revisará con lupa las actuaciones en cada caso?

Por supuesto que revisaré con cuidado cada expediente que reciba y si considero que la forma como se ha venido tramitando no es la adecuada, la corregiré, claro, dentro del margen que me da la ley. Espero que los colegas magistrados me tengan paciencia mientras me pongo al día. Pretendo, además, integrar un despacho tecnificado y con profesionales pulcros en los que se pueda confiar.

¡Uy¡ Le va a tocar salir de algunos… ¿Cómo enfrentará ese trance?

El despacho de cada magistrado está integrado por funcionarios de libre nombramiento y remoción, y cada torero llega con su cuadrilla. Eso es lo normal.

A propósito, ¿ya sabe cuántos procesos están pendientes en su nuevo despacho?

Tengo entendido que son alrededor de 600. Lo primero que tengo que hacer al asumir el cargo es el inventario de los asuntos pendientes. El presidente de la Sala (Disciplinaria) hizo conmigo un recorrido por la sede del Consejo Superior y allí conocí el despacho que ocuparé y vi los expedientes arrumados: por supuesto que es muchísimo papel.

A un par de magistrados que se han distinguido por su conducta recta les ha ido muy mal con los colegas. Se sabe que los han maltratado verbalmente. ¿Qué haría usted si le sucediera lo mismo?

En cualquier trabajo en equipo se pueden presentar esas dificultades y, por supuesto, eso afecta la eficiencia y calidad de la institución. Así que hay que hacer un esfuerzo para que las diferencias de criterios jurídicos, que son comprensibles en un tribunal integrado por siete personas, no degeneren en enfrentamientos personales. Quiero posesionarme con la idea de que así será.

Con su disculpa: parece haber algo más que diferencias jurídicas, por ejemplo, complicidades en conductas insanas que unos no admiten…

Si percibo que las diferencias no son por criterios jurídicos, sino por otras razones, me vería obligado a tomar posición y a hacer las denuncias que correspondan.

Debido a las crisis que se han presentado, se plantea la necesidad de una verdadera reforma a la justicia, entre otras razones para modificar el esquema de elección y funcionamiento de la Judicatura. ¿Qué propondría usted?

A mí no me parece malo el diseño institucional en virtud del cual los miembros de la Sala Disciplinaria del Consejo Superior, que son quienes juzgan a los jueces, no dependan en su nombramiento del Poder Judicial, sino de los otros dos poderes, mientras que los miembros de la Sala Administrativa, que tienen las funciones de gerentes del Poder Judicial, sean nombrados sólo por el Poder Judicial. Creo que es un esquema bueno para garantizar la independencia de la rama, y el país debe ser consciente de que esa independencia es una de las joyas de nuestro andamiaje institucional.

Pero aunque la teoría sea correcta, la realidad no es nada buena.

Probablemente haya que agregarle a esta forma de elección algunos filtros que garanticen más transparencia y ‘meritocracia’, que es de lo que nos hemos dolido recientemente. En cuanto al funcionamiento, creo que sería preferible que las sesiones de las dos salas del Consejo sean públicas y transmitidas por internet, como ya ocurre en algunos tribunales del mundo.

La posibilidad de que se reemplace el Consejo de la Judicatura por otro órgano es alta. Si eso ocurriera, ¿qué tipo de organismo propondría usted?

La función de juzgamiento de los jueces y abogados tiene que hacerla alguien, y ese órgano, como le dije, debe ser independiente de aquellos a los que se va a juzgar, a la vez que debe tener un cierto rango, precisamente por el carácter de esas funciones. Si esos principios se mantienen con otro órgano o con otra forma de composición que pueda resultar mejor, pues bienvenidas esas reformas. Le aseguro que no voy a fungir de defensor del puesto. Pero sí me opondré a que se vuelva, así sea con fórmulas maquilladas, a la administración del Poder Judicial desde los ministerios de Hacienda y de Justicia o a los tribunales internae corporis para el juzgamiento de jueces y abogados.

La elección de dos magistrados de la Sala Administrativa de la Judicatura fue demandada ante el Consejo de Estado porque estos togados fueron elegidos por los mismos a quienes ellos habían elegido meses antes. ¿Cuál es su opinión sobre este modelo de autoelección?

Sobre el caso concreto preferiría no opinar, porque sé que está cercana una decisión judicial del Consejo de Estado y porque no conozco personalmente a los magistrados cuyos nombramientos están demandados. Pero a partir del próximo mes voy a trabajar con ellos y lo haré bajo el principio de respeto a la presunción de legalidad y legitimidad de sus nombramientos. Ahora bien, es evidente que los nombramientos entrecruzados dejan en la opinión pública una sensación de endogamia que genera rechazo. Eso deben entenderlo las altas cortes al hacer nominaciones.

¿Usted también se graduó en diplomacia?

(Risas). Déjeme posesionar sin meterme en problemas que no conozco a fondo.

Hoy se discute también la necesidad de una reforma a un organismo tremendamente poderoso: la Procuraduría. ¿Cree que tal como está diseñada tiene facultades excesivas y que hay que eliminarlas o disminuirlas?

En esto estoy de acuerdo con los planteamientos que ha hecho el profesor Rodrigo Uprimny (ver columna 15 dic., 2013, El Espectador). Con independencia de la persona que ejerza el cargo de procurador, creo que cabe revisar varias de las funciones de esa entidad que se repiten con las de otras instituciones o que ya no son necesarias en nuestra actual sociedad. A corto plazo, la ley de tres artículos que ha propuesto Uprimny me parece buena idea.

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