EL ACUERDO DE PAZ REVITALIZA Y AFIANZA LA CONSTITUCIÓN

EL ACUERDO DE PAZ REVITALIZA Y AFIANZA LA CONSTITUCIÓN

El conflicto armado con las Farc ha sido, de tiempo atrás, uno de los mayores obstáculos para lograr la vigencia plena de la Constitución. Con el acuerdo final eso queda ya en el pasado. Además, las Farc reconocen la Constitución y aceptan las reglas del juego. Vendrán entonces mejores tiempos para el estado social y democrático de derecho que establecimos desde 1991.

Publicado por Néstor Osuna* en El Espectador

El conflicto armado con las Farc ha sido, de tiempo atrás, uno de los mayores obstáculos para lograr la vigencia plena de la Constitución. Con el acuerdo final eso queda ya en el pasado. Además, las Farc reconocen la Constitución y aceptan las reglas del juego. Vendrán entonces mejores tiempos para el estado social y democrático de derecho que establecimos desde 1991.

La sola terminación del enfrentamiento armado es ya encomiable. Se trata, nada menos, que de la efectividad del derecho a la vida de miles de colombianos. Ya durante las negociaciones, en virtud de las treguas, la intensidad del conflicto había venido disminuyendo, tal como lo atestiguaban las cifras de operaciones militares y de víctimas mortales. Sin embargo, más que los datos, una noticia a la vez sobrecogedora y emocionante permite ilustrar de qué se trata cuando se habla terminación del conflicto: después de muchos años en los que el Hospital Militar de Bogotá no daba abasto atendiendo soldados heridos (quienes residimos cerca ya estábamos acostumbrados al martilleo de los helicópteros que los traían), desde hace unos meses allí hay camas vacías. Hace poco lo corroboró Gonzalo Palau Rivas: mientras en el año 2014 ingresaron a ese hospital 1.127 soldados heridos y mutilados en combate, en lo que va corrido del 2016 solo han llegado tres, todos afectados fortuitamente en accidentes. ¡Eso ya vale un buen “sí”!

Pero el acuerdo va más allá de la terminación de las hostilidades. Contiene una propuesta audaz para acabar el narcotráfico y enfrentar los cultivos ilícitos (otro de nuestros dolores de cabeza), a la vez que le apuesta a una reforma rural que, si se ejecuta, traerá consigo un panorama mucho más promisorio para nuestros campesinos, y contiene una propuesta de desarrollo regional más equilibrado en esta Colombia de contrastes en la que muchos han vivido no solo con las precariedades de la pobreza y la violencia, sino además con un injustificado abandono estatal. Todo ello sin afectar el modelo de producción económica vigente: en el largo texto del acuerdo no aparece ni una sola vez la palabra “expropiación”, así como tampoco hay alusión alguna a recortes en las libertades económicas o a cambios en la intervención estatal en la economía.

De otro lado, este es el primer acuerdo de paz construido bajo el marco del derecho penal internacional y de los derechos humanos de las víctimas. El sistema de justicia transicional que se establece le apuesta a la búsqueda de toda la verdad y a la justicia retributiva como instrumentos de reconciliación y de reconstrucción social, más que al tradicional castigo carcelero que, a decir verdad, no por usual es imperioso ni socialmente útil. En esto el acuerdo es pragmático y vanguardista, con un innegable talante humanitario que genera controversias pero que con seguridad pasará a ser punto de quiebre para nuestro sistema punitivo. Más que el espejismo de largas penas de prisión que nunca en el pasado llegaron a concretarse, se tejió un sistema de sanciones reparadoras que apunta a la restitución más que a la venganza.

La implementación de los acuerdos requerirá de unas pequeñas reformas a la Constitución, ninguna de las cuales afecta los derechos fundamentales, ni los pesos y contrapesos entre las instituciones, ni la independencia del poder judicial. Se fortalecerán, eso sí, las instancias democráticas ya establecidas. La constitución regirá donde las Farc nunca habían permitido que llegara. A propósito, durante buena parte de las negociaciones, las Farc insistieron en la convocatoria de una asamblea constituyente que rediseñara el Estado. Sin embargo, la expresión “asamblea constituyente” no aparece ni una sola vez en las 297 páginas del acuerdo final. En cambio las alusiones al régimen vigente son frecuentes y sirvieron de marco de referencia a toda la negociación. Héctor Abad escribió el domingo pasado que el acuerdo de paz es “una noticia maravillosa para los colombianos”. Sí, lo es, entre otras cosas porque le apuesta a ese patrimonio cultural de los colombianos que hemos venido construyendo en medio de tantas adversidades y que llamamos Constitución. ¡Obvio que sí!

Profesor de derecho constitucional
Twitter: @osunanestor

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